En Andacollo, Pedro Tijerina encontró en la artesanía una expresión de fe, creando crucifijos que entrega a capillas locales. Uno de estos llegó al Vaticano a través del padre Diego Canales, y como gesto del papa Francisco, Tijerina recibió un crucifijo que lleva consigo a diario.

Originario de una trayectoria distinta, Tijerina trabajó en la perforación antes de dedicarse a la artesanía movido por su devoción a Ceferino Namuncurá. Comenzó a realizar crucifijos para niños que toman la comunión, queriendo compartir y agradecer lo recibido. Su labor se entrelaza con la historia del Camino de la Fe neuquino, donde tradiciones y creencias se mantienen vivas a través de generaciones. Cada crucifijo que crea simboliza un vínculo con la comunidad y su fe.